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PRESENTACIÓN Una perspectiva social y política en torno al derrumbe del
poder punitivo moderno : el autor y su obra
Roberto Bergalli e
Iñaki Rivera Beiras (Universitat de Barcelona)
Después de un largo proceso se puede
publicar en castellano esta obra de John Lea, un autor escasamente
difundido en los ámbitos de cultura hispano hablante, preocupados por
los aspectos relativos a las relaciones que puedan existir entre el
poder (¡los poderes!) que atraviesa(n) nuestras sociedades
contemporáneas, sus formas de brutal ejercicio, y las clases o grupos
sociales más desaventajados; estos, colocados en tales situaciones por
razones de la flagrante injusticia establecida por una radical
desigualdad en las oportunidades y en la distribución de la riqueza,
fijadas por el modelo social globalizado que se expande.
...Por cuanto se refiere a la traducción,
corrección y edición de la presente obra, hemos de señalar en primer
término el cuidado trabajo del traductor de la misma. En efecto,
Alejandro Piombo ha trabajado con suma dedicación y esfuerzo para
lograr una pulida adaptación a la lengua castellana de la terminología
británica y especializada empleada por el autor, como hace ya unos años
procedió con la traducción del Doing Time de Roger Matthews, antes
citado.
Pero es que, una vez traducida por
Piombo, la obra fue sometida a una cuidada revisión con la organización
de un Seminario específico que llevamos a cabo durante los meses de
noviembre de 2002 a febrero de 2003 en la Universidad de Barcelona.
Allí leímos, corregimos expresiones, realizamos aclaraciones
terminológicas y mantuvimos muchas discusiones acerca del contenido del
volumen de Lea. Fruto de los aportes de Bruno Amaral, Mónica
Aranda, Marta Monclús, Gabriel Ignacio Anitua, Martín Poulastrou, Marta
Puig, Juan David Posada, Emilio Balmaceda, Latife Mitat , Horacio
Leyton y, muy especialmente, Gemma Nicolás (quien se ocupó
de tomar todas las notas de las discusiones, efectuar las correcciones
ortográficas, gramaticales y temáticas e incorporar todas ellas al
texto traducido), creemos entonces que podemos presentar a los lectores
un prolijo y cuidado trabajo de edición. Gracias a todos/as ellos/as
por sus contribuciones (muchas de ellas incluidas en esta
presentación), las cuales permitirán la difusión y el conocimiento en
la cultura hispanohablante de la obra presentada.
Una mención especial merece la
disposición de Fernando Tenorio para encargarse de la publicación en
México de Delito y Modernidad. Y, en especial, sus esfuerzos para que
la obra fuera finalmente aceptada por el Fondo de Cultura Económica de
México, a quien también agradecemos su confianza en este proyecto
editorial.
* * * * *
Delito y Modernidad se estructura
en siete Capítulos, además de un preliminar Prefacio y Agradecimientos.
Desde el comienzo se indica que la obra pretende mostrar los avances
teóricos alcanzados por la denominada Criminología realista de
izquierda, desde sus orígenes asentada sobre lo que sus partidarios
siempre denominaron como "el cuadro del delito". Este artificio
conceptual ha sido útil, en las últimas décadas, para señalar de modo
gráfico lo que ha sido definido como la cuestión criminal. El mismo se
sitúa, en la tradición británico-realista comentada, sobre cuatro
pilares o vértices del cuadro. En efecto, imaginemos cuatro puntos que
dibujan un cuadrado; en cada extremo se situará un elemento: 1) el
Estado y sus agencias del sistema penal; 2) los infractores que
delinquen; 3) las víctimas de los delitos; 4) el público, la comunidad.
Estos puntos interrelacionan entre sí en el marco de lo que el autor
denomina "las relaciones sociales del control del delito". En este
sentido, de inmediato la obra plantea interrogantes sugestivos: ¿cómo
se relaciona el público con la víctima de un delito?, ¿qué imágenes se
proyectan sobre los infractores?, ¿qué tipo de control punitivo
establecerán las agencias estatales del sistema penal?. Estas son
algunas de las preguntas que Lea indica para poder desenvolver todo el
hilo conductor del trabajo, a partir de los cuatro elementos señalados.
Así, el Capítulo 1, La delincuencia
práctica, tras presentar el cuadro aludido, señala ya la pretensión de
establecer un marco de trabajo en el que se sitúen los cambios que se
vienen produciendo últimamente en relación con el control del delito.
Adoptándose un marco teórico político de índole histórico materialista
comenzará el análisis desde la Modernidad en adelante. Los pliegues
ocultos, o las aporías que marcaron desde su inicio el proyecto
ilustrado, son desveladas resaltando su papel ideológico en aras a
cumplir un definido proceso de criminalización. Desde este primer
Capítulo John Lea propondrá la necesidad de deconstruir las actuales
categorías delictivas y la necesidad de substituirlas mediante
definiciones de delitos que se vinculen con violaciones de derechos
humanos (tales como la pobreza, el imperialismo, el racismo o el
sexismo). En definitiva, la idea de examinar el problema del control
del delito como proceso ligado a los desiguales desarrollos del
capitalismo, objetivo que atraviesa transversalmente a toda la obra,
queda perfectamente delimitado en el primer Capítulo de la misma.
El siguiente, titulado La modernización y
el control del delito, se inicia reiterando una de las ideas centrales
del anterior; esto es, que la forma de control del delito ha estado
históricamente determinada y basada en los desarrollos sociales y
económicos que inciden en el cuadro ya mencionado y en sus relaciones
sociales de interacción. Inmediatamente, el autor inicia un recorrido
que va de la pre-Modernidad a la Modernidad visitando algunos elementos
estructurales que hacen al control del delito en ambos períodos. En tal
sentido, Lea muestra cómo en la etapa pre-Moderna existía una
ambigüedad mucho mayor en la definición de las conductas prohibidas, al
tiempo que se convivía con ilegalidades populares que gozaban de amplia
aceptación comunitaria. Evidentemente, la presencia de una organización
política estatal era mucho más lejana y difusa y, retomando el análisis
foucaultiano, Lea describirá el proceso de gobernancia (gubermentalidad
en el lenguaje de Foucualt) que, entendido como "arte de gobernar", se
define plenamente en el siglo XVIII cuando la economía política pase a
formar parte de la ciencia de gobierno. En efecto, y en la reflexión
propia del filósofo francés, la técnica de gobierno construye su propio
estatuto epistemológico acerca del gobierno de la población, lo cual se
diferencia claramente de períodos anteriores en los que el Príncipe de
Maquiavelo se desenvolvía con categorías exclusivamente apegadas a las
nociones de territorio y soberanía . Con el asentamiento de la
Modernidad, se buscará la disminución de las ambigüedades conceptuales,
se verificará un paulatino desarraigo social de las anteriores
ilegalidades populares, al tiempo que se van transfiriendo al Estado, y
a sus agencias, las relaciones de control del delito. El obrero va a
ser entonces foco de atención especial en el proceso de criminalización
verificándose una estigmatización y construcción de estereotipos de
pobre y de marginado. Las nuevas amenazas para el orden social y la
moral se van así delimitando, al tiempo que comienzan las primeras
teorizaciones en torno a las nociones de debilidad y de patología. La
misma institución de la Policía, prácticamente inexistente en la
pre-Modernidad (salvo en sus objetivos de preservar la seguridad del
Soberano), se va a erigir como aparato técnico de disciplinamiento
social y garante del sistema capitalista de producción.
Ahora bien, el aludido proceso es
acompañado de Las fronteras de la criminalización, concepto que da
título al tercero de los Capítulos de la obra. En efecto, John Lea
describe aquí las restricciones al despliegue de la criminalización que
han sido impuestas por ciertos modos de gobernancia. Estas
restricciones provienen de tres fuentes diversas: 1) de la necesidad de
garantizar la autonomía del capital en los asuntos económicos; 2) de la
preservación de la familia como institución de autoridad privada; 3) de
la preservación e incluso de la intensificación de formas arcaicas de
soberanía en la periferia geográfica y económica del desarrollo del
capitalismo.
En cuanto al primer aspecto, Lea recuerda
que la burguesía no nació de la nada sino que fue producto de la
violencia. Así, el proceso de "acumulación primitiva del capital" se
tradujo en las expropiaciones delictivas o en lo que el autor denomina
como "gangsterismo capitalista". La propia ilegalidad financiera,
moneda corriente en el siglo XIX, constituye así un ejemplo claro de
cómo se fue construyendo un proceso de criminalización selectivo de las
actividades del nuevo orden.
Por cuanto hace a la preservación de la
familia como institución de autoridad privada, el autor señala que en
el siglo XIX se intentó que el núcleo familiar se autorregulase en todo
lo referente a la posible comisión de delitos intra-familiares. La
jerarquía patriarcal logró la hegemonía en el manejo de los asuntos de
familia e incluso la mujer agredida (por el marido) fue muchas veces
señalada como persona que había violado los deberes de la "buena
esposa". Esa violencia familiar, entonces, quedó relegada a un asunto
de "puerta cerrada".
En lo referente al proceso de
modernización y sus limitaciones vinculadas con la periferia
geográfica, John Lea destaca que las áreas marginales que no gozaron de
los beneficios del proceso aludido, también fueron señaladas como
culpables. En efecto, examina el autor cómo fue posible que se
construyera la idea de la "cultura de la pobreza" en los países
periféricos o en áreas subdesarrolladas: si los beneficios del proceso
modernizador eran tan evidentes y deseados, quienes no se integrasen al
mismo sería porque así lo habían querido. En ese sentido, el proceso de
modernización pudo construirse a costa de mantener a otras áreas en el
subdesarrollo económico e industrial. El ejemplo del colonialismo será
el empleado por el autor para la demostración de la tesis señalada.
En este Capítulo, Lea examina también el
fenómeno de la Mafia entendido como la preservación de una organización
delictiva que sirve de sustituto al control del delito. No sería, así,
un modelo periférico al estilo antes señalado, sino un cierto modelo de
atraso que resucita cuando el proceso de modernización se agota.
Empleando un modelo de filantropía basado en el intercambio de
asentimiento por terror, también la Mafia ejerce un control sobre la
población que en realidad provoca una cierta neutralización del proceso
de modernización provocando clientelismo y prestación de servicios
personales.
El Capítulo cuarto, Las contradicciones
de la modernización, comienza examinando el período que transcurre
entre las dos guerras mundiales y su vinculación con el desarrollo de
la modernización capitalista, el cual, en Europa, "pareció haberse
agotado", como indica el autor. Si bien Lea menciona, muy brevemente,
la explosión de los totalitarismos (nazi y fascista) en Europa, resulta
aquí llamativa la ausencia de un examen más detallado de lo que,
precisamente en este continente, significó el autoritarismo penal,
primero, el Holocausto después y el estallido de la segunda guerra
mundial, finalmente. Difícilmente puedan comprenderse muchos
acontecimientos de la historia europea -que condujo al Holocausto- sin
un examen más detallado del momento en que se produjo la "enajenación
mental" del continente que edificó un auténtico "universo
concentracionario" (Rousset 1946, Hobsbawn 2003).
El autor se centra en el examen de la
teoría económica keynesiana la cual habría proporcionado, primero, una
descripción del compromiso de clase gracias al cual se podía llegar a
superar el conflicto capital-trabajo. En efecto, la pretendida
distribución de los resultados de los aumentos de productividad entre
salarios y beneficios, unido a la idea de que el Estado gastase en
utilidad pública, fue visto como fuente de estabilidad económica al
pensarse en la creación de una posterior demanda para los bienes y
servicios generados por el sector privado. En las décadas de los años
1950 y 1960, el estado de bienestar apuntaba lo que se denominaría como
"inclusión social", desplazando y removiendo las causas del conflicto
social para minimizar los efectos de la desigualdad económica.
La versión británica del Welfare State,
inspirada en Beveridge, remarcó el universalismo o derecho de todos los
grupos sociales a los beneficios del asistencialismo. El consumo masivo
parecía erigirse en la meta de la una población que debía aspirar a
ingresos crecientes y a una mayor movilidad social. La producción
masiva que estandarizaba el producto, representó toda una nueva
estética conducente a la homogeneización de los estilos de vida hacia
un "modo de vida propio de la clase media". En una situación semejante,
la delincuencia sólo podía ser concebida como una desviación altamente
disfuncional, como ruptura de la normalidad estable e integradora. Como
indica textualmente John Lea, "el fortalecimiento del sentido del bien
común, y la pertenencia común a la comunidad social que estaba
implícita en los derechos de la ciudadanía social, reforzarían por su
parte los fundamentos de una progresiva política penal que reclamaba la
reinserción del delincuente en la colectividad social". Sin embargo,
pese al pretendido y señalado consenso, gradualmente se fue haciendo
evidente que la llamada "modernidad organizada", a partir de la década
de 1960, había ingresado en un terreno pantanoso: el de las fuerzas de
expansión que se habían agotado y el de las imprevistas tendencias
contrarias que se estaban empezando a hacer sentir. El sistema de
asistencialismo estatal empezaba a entrar en crisis y, con él, el
pretendido contrato entre capital-trabajo sufriría no pocas
perturbaciones. La "Nueva Derecha", en un análisis muy apegado a la
tradición británica, emergía durante a la década de 1970 y, con ella,
un nuevo tipo de análisis iría ocupando paulatinamente sitio: aquel que
señala que el incremento de los problemas de la pobreza de las zonas
superpobladas y el lento crecimiento económico eran aspectos de la
propia intervención estatal diseñada para solucionarlos. La "crisis
fiscal del Estado" (definida por O'Connor) se desplegaba
inexorablemente y, con ella, la planificación social entraría también
en crisis. Desde luego, como no podía ser de otro modo, todo ello
acarrearía decisivas consecuencias para el terreno del control del
delito. Tal y como señala el autor, en las últimas líneas del apartado
comentado, "nuestra tarea de los siguientes capítulos será la de trazar
la crisis acumulativa del control del delito".
En efecto, el quinto Capítulo, La
sociedad que se desintegra, analiza lo que en la segunda mitad de los
años de 1970 fue visto como el previsible ocaso de la propia
Modernidad. El autor, siguiendo a Peter Wagner en esta sede, califica
la crisis de la Modernidad como la segunda, pues la primera crisis fue
la que dio lugar al estado de bienestar keynesiano. Actualmente, indica
Lea "las estructuras de la Modernidad organizada se disipan a favor de
la declinación de la economía de producción masiva del fordismo, al
debilitamiento del Estado-nación bajo el impacto de la globalización, a
la pluralización y fragmentación de las identidades y los valores
sociales y a la caída de la 'privatización' cívica y a las
restricciones a la conducta individual".
Como consecuencia de ello, se describe un
escenario verdaderamente sombrío, caracterizado por un "continuo
deprimido" que combina la intensificación de los síntomas tradicionales
de las crisis con la tasa descendente de ganancias, la sobrecapacidad
industrial masiva en relación con las oportunidades de beneficios, la
destrucción de la infraestructura social y económica, la contaminación
ambiental, la inseguridad en el trabajo y la inmensa cantidad de fondos
de "capital ficticio" (¡y pensemos que todo ello está tratado en la
obra con anterioridad a los escenarios punitivos y bélicos que dominan
el mundo actual!). Para el hilo conductor de la obra, la trascendencia
decisiva que todo ello tiene es que estamos asistiendo, desde hace unos
años, a una forma novedosa de acumulación de capital que, a su vez,
produce también nuevas consecuencias. En efecto, la acumulación de
capital que tiende a escaparse en su hiperespacio de circulación pura,
ya no sostiene más a la cohesión e integración sociales sino que, por
el contrario, produce polarización y fragmentación con hondas
implicaciones sociales, políticas y espaciales. Como ha señalado
Castells, "El trabajo disuelve su entidad colectiva en una infinita
variedad de instancias individuales (...) el capital se coordina
globalmente, el trabajo se individualiza" (1996: 475-476).
Cabe rescatar del análisis del autor que,
la "sociedad fragmentada" a la que alude, tampoco es ya, al menos
exclusivamente, algo que afecte a la distribución planetaria de países
ricos-países pobres. Sin negar, desde luego, el mantenimiento de una
dualidad desigual como la señalada, actualmente es cada vez más
evidente la existencia las "bolsas de pobreza" en el corazón mismo de
los llamados centrales o ricos. La "nueva pobreza" a la que tantos
científicos sociales aluden, como fenómeno emergente en Europa y muy
particularmente en los Estados Unidos de Norteamérica (padecida por
jóvenes, ancianos, desempleados, inmigrantes, etc., quienes sin estar
en la miseria tradicional tampoco pueden subvenir a sus necesidades
vitales), constituye en la actualidad un fenómeno no sólo evidente sino
creciente .
Todo cuanto se está apuntando, señala
Lea, en lo que se refiere a las nuevas estrategias de control de
delito, conducen a una orientación de tipo actuarial. Con esta
expresión, el autor aclara que "ya no es tanta la preocupación acerca
de las características de los individuos, sino más bien acerca de
aquellas de los grupos; y el objetivo de esa política no es cambiar
demasiado esas características, sino neutralizar su efecto perturbador
sobre el resto de la sociedad (...). El objetivo del manejo del riesgo
radica en delinear las características de los grupos, desarrollar
predictores de probabilidad de actividad disociadora e idear
estrategias para su minimización". Es decir, se pretende la aplicación
al ámbito del control del delito de una racionalidad que combina la
lógica y la práctica del derecho de las compañías de seguros (de allí
el término actuario - actuarial), lo que supone "la minimización de los
riesgos", todo lo cual proviene del movimiento del Law and Economics,
que enarbola la bandera del "eficientismo mercantil". El mercado va
substituyendo a la política; la compañía privada ocupa progresivamente
el lugar del Estado.
Ello nos conduce al sexto Capítulo, Las
variedades de normalización, en el cual, tras haber analizado el
"capitalismo en su fase de reproducción destructiva", se centra en el
examen de ciertos rasgos de la post-Modernidad que en no pocos casos
reflejan "regresos pre-Modernos" (back to the future). La 'sociedad de
mercado' (es decir, la del capital irrestricto) representa su resultado
más evidente. Por tal, se entiende aquélla donde la búsqueda de
ganancias privadas se convierte cada vez más en el principio
organizacional de todas las áreas de la vida social y en la cual todos
los otros principios de organización social o institucional se
erosionan o subordinan a la dominante organización de la ganancia
privada. Este modelo social posee, entonces, un elevado carácter
criminógeno que, sin perjuicio de cuanto se dirá más adelante, aflora
por ahora en los términos siguientes: incrementando la desigualdad y la
concentrada privación económica; erosionando la capacidad de las
comunidades locales para brindar apoyo informal, contención social y
una provisión mutua (así como una efectiva socialización de los
jóvenes); apremiando y fragmentando a la familia; retirando el
suministro público de servicios básicos (que pasarán a venderse en el
mercado privado); magnificando una cultura de competencia darwiniana
por la condición social y los recursos.
Tal y como refleja el autor, una nueva
variable orienta el proceso: el miedo. En efecto, éste hace que se
perciba que el delincuente, ahora, está en cualquier sitio: en la
calle, en la casa, en la familia, o en los altos cargos. Tal y como Lea
afirma, a través de una cita de Young, el "otro" está en todas partes y
no se restringe a delincuentes y a extraños. Se verifica, así, lo que
es denominado como una "fragmentación en la comunidad local de la
certidumbre y la confianza". Pero, semejante fragmentación, trasciende
el ámbito de lo local para -gracias a las nuevas tecnologías-
reproducirse a escala global: Internet hace su aparición y provoca no
pocos efectos. Un sitio web, que se presente como profesional,
respetable y honesto, puede haber sido instalado por defraudadores que,
ante todo, serán 'desconocidos'. Así, el autor concluye que "la
sociedad de la red global destruye los signos del delito y la identidad
del delincuente. La violencia también proviene bajo nuevas formas a
través de la red".
Posteriormente, este importante Capítulo
de la obra va a presentar la "nueva" situación de manera más
sustancial. El examen empieza con una frase que sintetiza bien cuanto
va a ser expresado: "hoy en día, no es sólo un gran negocio, es parte
de un gran negocio". Siguiendo a Castells y otros autores, Lea va a ir
examinando detenidamente el concepto de "producto delictivo bruto".
Conviene citarle textualmente,
"Se estima que para mediados de la
década de 1990, el producto delictivo bruto del delito organizado
consiguió las 20 organizaciones más ricas del mundo y enriqueció a más
de 150 Estados soberanos. Si consideramos actividades tales como el
fraude computacional, el contrabando de especies animales, la
esclavitud, y los fraudes de la Comunidad Europea, el producto
delictivo bruto mundial ha sido estimado en el 20% del comercio mundial
total. La economía delictiva es un complejo sistema de comercio en una
gran variedad de productos (drogas, armas, material radioactivo,
órganos humanos, servicios sexuales, animales exóticos, tesoros
artísticos...) y manufacturas, especialmente drogas, conducidos tantos
en sus niveles mundiales, como en los micro niveles de las barriadas
populosas, los centros de esparcimiento y en grandes áreas de la
economía legal".
Todo ello puede ser constatado en
innumerables ejemplos y situaciones que, aún perteneciendo a mundos
distintos (del centro y de la periferia), constituyen todos
confirmaciones del estrechamiento de lazos entre globalización y delito
organizado. El empleo de drogas duras, el turismo sexual, la venta
ambulante aunque sea de productos de dudosa procedencia (de una
economía informal que en ciertas partes sostiene a amplísimos sectores
sociales), la compra de música en CDs piratas que vulneran
tradicionales derechos de autor, la venta de productos elaborados en
áreas deprimidas (muchas veces fabricados por niños explotados y mano
de obra cuasi esclava), la pornografía y el tráfico de mujeres para la
prostitución, etc., se han extendido grandemente en los últimos años. Y
todos participamos, de algún modo, en el crecimiento del "negocio". La
"ayuda" proporcionada por Internet y por la completa apertura de Europa
oriental, África y Asia al "negocio", representan los otros elementos
para que aquél prospere sin trabas. Lea concluye: "la imagen fordista
de una cultura de consumo masivo abrumadoramente basada en actividades
legítimas, se ha caído en pedazos".
Evidentemente, todo proceso guarda su
funcionalidad con la estructura que le sostiene; así, el "sector
ilegal" también actúa cada vez más como un importante amortiguador
social contra la pobreza y el colapso económico. En tiempos de
estrechamiento de las oportunidades económicas a través de amplias
áreas del mundo, la participación en la economía ilegal constituye, por
tanto, una de las pocas opciones realistas disponibles para muchas
familias a quienes les va en ello, sencillamente, su propia
subsistencia. El ejemplo de la producción de cocaína en países de
América Latina o heroína en los de Asia, deviene aquí paradigmático. La
producción de tales substancias se convierte en barrera para el
empobrecimiento de los campesinos y de sus familias en las áreas
citadas. Pero de tales áreas, el "negocio" transita hacia otras.
El lavado del dinero se ha convertido en
una sólida estrategia empresarial, urbanística y bancaria. En efecto,
el lavado de lo obtenido con las drogas ayuda a mantener el crecimiento
de transacciones exteriores a la banca cuya clausura provocaría
devastadores efectos en los ya de por sí escasos niveles de vida de las
economías empobrecidas establecidas en tales sitios. Pero, en tanto
ello sucede, los trabajos inseguros y con salarios miserables de las
comunidades pobres, impiden escapar del círculo de la pobreza y de la
ilegalidad, hacia empleos seguros y dignos. El retorno a la economía
sumergida, informal o claramente ilegal, está asegurado. Una nueva
"cadena de montaje" puede ser percibida:
"Los cultivadores de hojas de coca o de
amapolas en Asia o en América Latina en un extremo de la cadena de
producción, y los mercaderes callejeros en el otro extremo, ambos
reciben unas migajas en comparación con los enormes réditos que
obtienen los empresarios delictivos, y cada vez es menos probable que
los beneficios de las ventas de drogas sean reinvertidos en las
actividades locales, ya sean legales o ilegales; y en cambio lo hacen
en los mercados financieros globales".
Estamos ya de lleno en el análisis del
"capitalismo impaciente", eufemismo que designa plenamente a la
delincuencia económica que ha encontrado hace algún tiempo unos
mercados insospechados, con la expansión de la globalización. Y más
ejemplos pueden seguir considerándose. Tratemos el último por ahora: el
contrabando de (in)migrantes (o el ser humano como mercancía
transfronteriza con la que se comercia).
Recientemente, el contrabando de
(in)migrantes ha sido visto como una actividad similar al tráfico de
drogas, en un doble aspecto: en primer lugar, en lo que hace a la
rentabilidad que genera; en segundo lugar, en cuanto atañe a sus
efectos devastadores. La movilidad global del capital y el
emprobrecimiento de grandes áreas de África, Asia, América y Europa
oriental, crean las presiones que generan la emigración. Pero es que a
ello se suma la existencia de unas fronteras estatales y de unos
controles migratorios que brindan las oportunidades a los grupos
delictivos para que cambien sus técnicas y sus bien establecidas rutas
de tráfico de drogas por las de contrabando de personas.
Lea menciona, aunque muy de paso, el rol
desempeñado en este ámbito por los medios de comunicación. Si bien
estos difunden a menudo las imágenes de los migrantes muertos en
camiones frigoríficos o ahogados en las pateras de tantos mares,
semejantes imágenes distraen al mismo tiempo la atención de los
millares (o millones) de personas -también migrantes- que trabajan en
empleos temporarios, recolecciones de frutas, vendimias, trabajos de
servicio doméstico, etc., etc., todos debiendo aceptar, para que el
Viejo Continente les admita, empleos inseguros, salarios miserables y
despidos aún más baratos. Y concluye: "El resultado es que los
intereses legítimos y los delictivos se han entremezclado tanto en
ciertas partes del mundo que la frontera entre ellos se ha vuelto
puramente teórica".
Los argumentos hasta ahora considerados
pueden ser útiles para desmontar las burdas (pero muy peligrosas)
construcciones político-mediáticas que identifican el binomio
"inmigración-delincuencia" (que tanto cala en el imaginario y en la
conciencia colectiva y legitima políticas restrictivas). Es decir, es
cierto que la globalización guarda una estrechísima relación con el
fenómeno de la migración (aunque ésta es anterior a aquélla). Pero el
"problema delictivo" no está en esa migración. El problema radica en lo
que semejante globalización permite, fomenta y reproduce: puede
hablarse de una auténtica "geopolítica de los mercados criminales" que
hoy comercializa con sustancias, con servicios, o directamente con
seres humanos (hombres, mujeres, niños y órganos), a escala global.
Retornan así las imágenes (pre-modernas) de los viejos mercados de
compraventa de seres humanos; vuelven los contornos de los viejos
mercaderes que compraban y vendían hombres, mujeres o niños (según las
"funciones", "trabajos" o "placeres" que deban desempeñar y
satisfacer). Retornan finalmente las imágenes de los viejos esclavos,
bajo nuevas formas de sometimiento (los fenómenos del trafficking como
así también del smuggling, las llamadas compraventas de seres humanos,
las servidumbres por deudas contraídas y los consecuentes trabajos
forzados). He allí, en los nuevos mercados ilegales, donde radica
claramente la relación entre globalización y criminalidad .
Como ya se señaló antes, el Estado (con
todas las nociones que históricamente le calificaron como tal), se ha
debilitado. El mercado dicta sus reglas. Vastas regiones del planeta
están degenerando en procesos que dejan a importantes zonas del globo
fuera de la jurisdicción de algún Estado y proporcionan refugio seguro
para poderosos, mercaderes, terroristas o jefes militares que imponen
sus propias "jurisdicciones". Pero la antigua noción de "refugio" ha
dado paso a una completamente novedosa: la de la "sociedad de las redes
de comunicación". Lea lo expresa así:
"En el uso de los abovedados correos
electrónicos, sitios Web anónimos y la enorme cantidad de transacciones
instantáneas que constituyen el Internet, en general, y los mercados
financieros en particular, lo legal y lo ilegal es cada vez menos
distinguible y, donde lo hacen, son inalcanzables por las entidades
nacionales de imposición de la ley. La delincuencia se normaliza a
través de las redes de comunicación: habita en una nueva "zona gris"
global, donde la distinción entre legal e ilegal se evapora en ausencia
de Estado. Las condiciones del siglo XIX en Sicilia se reproducen bajo
nueva forma en la sociedad de las redes globales".
Y ello, nos señala Lea, produce dos
consecuencias para las tradicionales formas de organización política:
nuevo clientelismo y aumento de la corrupción. En efecto, el
debilitamiento del Estado nacional como coordinador general de las
políticas sociales y económicas de cara a la globalización y a la
desregulación económica, y la creciente presión y esfuerzos para la
aprobación de proyectos por parte de los grupos con interés por la
riqueza y la acumulación, son cada vez más capaces de influir -cuando
no de "comprar"- ministros y miembros de la clase política, creando
nuevas formas de clientelismo y corrupción que son funcionales a la
expansión del negocio criminal. Lea dedica aquí dos páginas a citar
multitud de ejemplos de lo dicho (políticos corruptos, tanto en países
del centro como de la periferia; intereses empresariales, financieros y
urbanísticos que logran imponer sus reglas y sus gestores políticos;
importantes evasiones de capitales y quiebras fraudulentas de empresas
multinacionales que logran escapar al control penal tradicional;
tráficos de armas que engrosan la empresa bélica y armamentística;
adulteraciones de alimentos y de medicamentos que se benefician del
anonimato de la sociedad de las redes ya citada; la privatización y
subcontratación que escapan a todo escrutinio democrático y el
desarrollo de la llamada seguridad privada, representan sólo algunos
pocos ejemplos de un Estado que, aún cuando pervive, muestra un
debilitamiento considerable).
En esta perspectiva, el Estado ve
trastocado uno de sus elementos fundantes: el control sobre el propio
territorio. Señala al respecto Lea que la necesidad de defender el
territorio, ya sea para la fabricación de mercancías ilegales o para la
protección de las áreas del mercado, nos conduce a la cuestión del
renacimiento del gobierno delictivo de los grupos que substituyen al
Estado convirtiéndose en la fuente de gobernancia y soberanía en
aquellas áreas donde el Estado ha sido puesto a raya por diversas
estrategias de neutralización y corrupción o ha dejado vacantes ciertas
áreas que no considera ya cruciales para la acumulación del capital.
En el último párrafo del Capítulo
examinado, el autor indica que no obstante lo que se ha mencionado
anteriormente, en los Estados democráticos, el Estado sigue siendo la
organización central a la cual el grueso de la población se vuelca para
remediar sus problemas sociales, incluyendo al delito. "Éste sigue
siendo el asunto, a despecho de los cambios apuntados en este Capítulo.
Por lo tanto, me volcaré a las medidas que los Estados y las
comunidades desarrollan en un intento por rescatar el control del
delito y contraatacar algunos de los hechos que señalé en este
capítulo".
Con todo el background señalado, el
séptimo y último Capítulo, La descomposición del control del delito,
aborda la problemática del rol de la víctima y de la comunidad,
retomando así algunos de los polos del cuadro del delito, señalado al
principio. En tal sentido, el autor advierte del aumento de los roles
de la víctima y de la comunidad, verificándose procesos de
privatización y descentralización por comunidades locales. Es decir,
acaban por absorberse ciertas estructuras informales de regulación como
única forma posible de regulación. En síntesis: se fortalece cada vez
más la idea de la responsabilidad individual, ejemplo del que se sirve
a Lea para señalarlo como nuevo indicador de la crisis del Welfare.
Pero, citando trabajos de O'Malley y de
Pitch, también aborda la relación entre víctimas y ofensores de un modo
más complejo al que habitualmente se emplea. En efecto, respecto de la
segunda autora citada, Lea recuerda sus trabajos acerca de los
movimientos feministas, quienes pasaron a presentarse como víctimas.
Toda su lucha, indica Lea interpretando a Pitch, no ha servido para
disminuir la violencia de género sino que, por el contrario, la misma
ha aumentado de forma notoria. La explicación que se encuentra a
semejante y aparente paradoja es que la lucha del movimiento feminista
(italiano) de los años de 1970-80 fue una lucha para que se reconozca
el status de la mujer como víctima y para que la justicia penal
asumiera esa condición de forma más seria. Esa lucha habría
desmovilizado al movimiento al haberse producido una substitución de
categorías tales como opresión por victimización. En definitiva, este
ejemplo es ensayado para demostrar, una vez más, cómo se han ido
haciendo "invisibles" ciertos actores colectivos, los cuales han
asumido una individualidad que les relega al rol pasivo de víctimas.
* * * * *
Para terminar, debemos tener en cuenta
que Delito y Modernidad fue presentado por su autor en agosto de 2001,
justo un mes antes de los trágicos sucesos del 11 de septiembre. Será
muy oportuno esperar, tras éste, otro trabajo del autor en el cual
afiance y desarrolle aún más las contribuciones hechas en el presente.
Pero, cuidado, Lea apunta ya, con una claridad que hoy se revela
incluso premonitoria, la involución punitiva que venimos padeciendo en
los últimos años. Y, en un claro compromiso asumido por el autor, nos
advierte de la necesidad de resistir a una globalización despiadada. Si
alguna duda cabe al respecto, basta con acudir a la última página de
Delito y Modernidad; allí se subraya que "el aspecto importante es el
crecimiento de movimientos de resistencia global dentro de una
'sociedad civil global', donde exista una oposición efectiva al poder
directo del capital privado. De una cosa podemos estar seguros; como lo
declaró la revolucionaria socialista Rosa Luxemburg a la vuelta del
siglo pasado, la elección que enfrenta la humanidad es simple:
socialismo o barbarie".
La situación posterior a la que se
enfrenta el mundo, después de aquellos sucesos, ha llegado a términos
patéticos, en cualquier sentido con el que se quieran analizar sus
consecuencias, pero aún más todavía cuando ese análisis se concentra en
el uso del castigo como medio de coerción penal. Las trágicas
repercusiones que han provocado la guerra y el discurso bélico
desplegados por la potencia hegemónica, como medios para asentar su
dominación y el control sobre los recursos energéticos, únicos e
indispensables para mantener ritmos de producción, están resultando
devastadoras en lo humano y repulsivas en lo punitivo. La tradición
liberal-iluminista de los sistemas penales modernos ha quedado
absolutamente renegada. El empleo de la tortura, de la cárcel inicua,
de la privación de libertad sin proceso y de tantos otros males contra
los cuales Beccaria, Bentham y los hermanos Verri se manifestaron de
manera tan elocuente hace ya más de doscientos años, se han convertido
en los rasgos de identidad de un poder punitivo global que parece no
tener límites, ni fronteras tal como sucede con las modas, los
productos de consumo y los comportamientos exportados mediante los
fenómenos globalizadores. La expansión de estos fenómenos es tal que
nadie puede prever ni el tiempo de sus constataciones, ni las
consecuencias que provoquen. Muchos signos negativos de ellos se
verifican en distintos órdenes y, sobre todo, en aquellos ámbitos de
debilidad social y económica frente al poder global, globalizador y
globalizante (si se permiten los neologismos). Se constata ello,
incluso, en los márgenes de la Unión Europea, pero en particular en los
continentes o áreas muy dependientes de las economías fuertes.
Latinoamérica es un terreno muy fértil para que esos efectos negativos
de la globalización generen daños irreparables. En lo punitivo y en el
empleo de las formas más aberrantes que revela un uso despiadado del
mismo, debe temerse una muestra irrefutable de cuanto se afirma.
Debemos entonces entender el libro de
John Lea como un documento de la inteligencia de su autor y de la
fortaleza de sus argumentaciones para que pueda ser leído, por un
atento público, en el área hispano hablante, ámbito en el cual, por las
razones antes apuntadas, podrá ser más apreciado en relación son las
propias realidades. .
Con tales significaciones, la obra de
John Lea que aquí presentamos fue, en buena manera, premonitoria en el
momento de su publicación. Quizá alguien pueda entender como una
audacia si a la misma le atribuimos un valor de augurio, de entidad
semejante a la que tuvieron 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de
Aldous Huxley.
Noviembre 2004
Referencias citadas.
Becucci, S. /Massari, M. (2003),
Globalizzazione e Criminalità. Roma-Bari: Laterza e Figli.
Foucault, M. (1978), "La govermentalità".
En, Dalla Vigna, P. (coord.): Poteri e strategie.
L'assoggettamento dei corpi el'elemento sfuggente. Milano: Mimesis
(1994).
Hobsbawn, E. (2003), Historia del
siglo XX. 1914-1991. Barcelona: Crítica.
Rousset, D. (1946), El universo
concentracionario. Barcelona: Anthropos (2004).
Young, J. (1992), "Ten Points of
Realism". En, J. Young y R. Matthews (eds.) Rethinking Criminology.
London: Sage Publications
Young, J. (2003), La sociedad
excluyente. Barcelona: Marcial Pons (trad: R. Bergalli/R.Sagarduy,
Presentación: R. Bergalli El nuevo paradigma criminológico de la
exclusión social); orig. en inglés, The "Exclusive" Society,
Social Exclusión, Crime and Difference in Late Modernity. London:
Sage Publications 1999.
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