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El control del delito esta en crisis, no solamente se han incrementado los niveles de delito sino que este se considera cada vez mas como un aspecto normal del sistema economico y social en lugar de verse como una disrupcion o desviacton Los boriosos limites entre lo delictivo y lo legal se hacen evidentes en una gran variedad de areas desde las actividades de las corporaciones multinaciona les hasta la vida de las barriadas pobres, marginadas y populosas de las ciudades

En este libro el profesor de criminologia de la Universidad de Middlesex, John Lea, desarrolla un amplio panorama historico y sociologico relacionado con el ascenso y la caída del eficaz control del delito en diferentes tipos de éstructúras sociales. Traza el proceso de modernización y de industrialización desde el siglo XVI! i hasta media- dos del siglo XIX, el cual estableció las condiciones previas para el control y el manejo efectivo de la delincuencia.

En los primeros años de este siglo xxi, está claro que esas condiciones previas están comenzando a ser erosionadas progresivamente, en la medida en que la sociedad industrial asume profundos cambios en su dirección de desarrollo. El resultado se expresa a través de una gran cantidad de tipos de delin- cuencia y del progresivo debilitamiento de las instituciones y los procesos de control del delito existentes. El hecho más destacado de este libro es su extensa visión y la aplicación imaginativa de las perspectivas históricas y teóricas a la modernización y al desarrollo del capita- lismo social en los problemas del control de una amplia variedad de delitos. Esto representa una significativa contribución a la capacidad de la criminología y la socio- logía penal para confrontar los dilemas y controversias del siglo XXI.

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DELITO y MODERNIDAD: Nuevas argumentaciones en la Criminología realista de izquierda

John Lea

 

La edición española del Crime and Modernity es publicada por "EDICIONES COYOACAN" (Mexico) 2006 (ISBN 9706333096). Aquí está un extracto del prefacio escrito por Roberto Bergalli e Iñaki Rivera Beiras de la universidad de Barcelona (España)

 
PRESENTACIÓN Una perspectiva social y política en torno al derrumbe del poder punitivo moderno : el autor y su obra

Roberto Bergalli e Iñaki Rivera Beiras (Universitat de Barcelona)

Después de un largo proceso se puede publicar en castellano esta obra de John Lea, un autor escasamente difundido en los ámbitos de cultura hispano hablante, preocupados por los aspectos relativos a las relaciones que puedan existir entre el poder (¡los poderes!) que atraviesa(n) nuestras sociedades contemporáneas, sus formas de brutal ejercicio, y las clases o grupos sociales más desaventajados; estos, colocados en tales situaciones por razones de la flagrante injusticia establecida por una radical desigualdad en las oportunidades y en la distribución de la riqueza, fijadas por el modelo social globalizado que se expande.

...Por cuanto se refiere a la traducción, corrección y edición de la presente obra, hemos de señalar en primer término el cuidado trabajo del traductor de la misma. En efecto, Alejandro Piombo ha trabajado con suma dedicación y esfuerzo para lograr una pulida adaptación a la lengua castellana de la terminología británica y especializada empleada por el autor, como hace ya unos años procedió con la traducción del Doing Time de Roger Matthews, antes citado.

Pero es que, una vez traducida por Piombo, la obra fue sometida a una cuidada revisión con la organización de un Seminario específico que llevamos a cabo durante los meses de noviembre de 2002 a febrero de 2003 en la Universidad de Barcelona. Allí leímos, corregimos expresiones, realizamos aclaraciones terminológicas y mantuvimos muchas discusiones acerca del contenido del volumen de Lea. Fruto de los aportes de Bruno Amaral, Mónica Aranda, Marta Monclús, Gabriel Ignacio Anitua, Martín Poulastrou, Marta Puig, Juan David Posada, Emilio Balmaceda, Latife Mitat , Horacio Leyton y, muy especialmente, Gemma Nicolás (quien se ocupó de tomar todas las notas de las discusiones, efectuar las correcciones ortográficas, gramaticales y temáticas e incorporar todas ellas al texto traducido), creemos entonces que podemos presentar a los lectores un prolijo y cuidado trabajo de edición. Gracias a todos/as ellos/as por sus contribuciones (muchas de ellas incluidas en esta presentación), las cuales permitirán la difusión y el conocimiento en la cultura hispanohablante de la obra presentada.

Una mención especial merece la disposición de Fernando Tenorio para encargarse de la publicación en México de Delito y Modernidad. Y, en especial, sus esfuerzos para que la obra fuera finalmente aceptada por el Fondo de Cultura Económica de México, a quien también agradecemos su confianza en este proyecto editorial.

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Delito y Modernidad se estructura en siete Capítulos, además de un preliminar Prefacio y Agradecimientos. Desde el comienzo se indica que la obra pretende mostrar los avances teóricos alcanzados por la denominada Criminología realista de izquierda, desde sus orígenes asentada sobre lo que sus partidarios siempre denominaron como "el cuadro del delito". Este artificio conceptual ha sido útil, en las últimas décadas, para señalar de modo gráfico lo que ha sido definido como la cuestión criminal. El mismo se sitúa, en la tradición británico-realista comentada, sobre cuatro pilares o vértices del cuadro. En efecto, imaginemos cuatro puntos que dibujan un cuadrado; en cada extremo se situará un elemento: 1) el Estado y sus agencias del sistema penal; 2) los infractores que delinquen; 3) las víctimas de los delitos; 4) el público, la comunidad. Estos puntos interrelacionan entre sí en el marco de lo que el autor denomina "las relaciones sociales del control del delito". En este sentido, de inmediato la obra plantea interrogantes sugestivos: ¿cómo se relaciona el público con la víctima de un delito?, ¿qué imágenes se proyectan sobre los infractores?, ¿qué tipo de control punitivo establecerán las agencias estatales del sistema penal?. Estas son algunas de las preguntas que Lea indica para poder desenvolver todo el hilo conductor del trabajo, a partir de los cuatro elementos señalados.

Así, el Capítulo 1, La delincuencia práctica, tras presentar el cuadro aludido, señala ya la pretensión de establecer un marco de trabajo en el que se sitúen los cambios que se vienen produciendo últimamente en relación con el control del delito. Adoptándose un marco teórico político de índole histórico materialista comenzará el análisis desde la Modernidad en adelante. Los pliegues ocultos, o las aporías que marcaron desde su inicio el proyecto ilustrado, son desveladas resaltando su papel ideológico en aras a cumplir un definido proceso de criminalización. Desde este primer Capítulo John Lea propondrá la necesidad de deconstruir las actuales categorías delictivas y la necesidad de substituirlas mediante definiciones de delitos que se vinculen con violaciones de derechos humanos (tales como la pobreza, el imperialismo, el racismo o el sexismo). En definitiva, la idea de examinar el problema del control del delito como proceso ligado a los desiguales desarrollos del capitalismo, objetivo que atraviesa transversalmente a toda la obra, queda perfectamente delimitado en el primer Capítulo de la misma.

El siguiente, titulado La modernización y el control del delito, se inicia reiterando una de las ideas centrales del anterior; esto es, que la forma de control del delito ha estado históricamente determinada y basada en los desarrollos sociales y económicos que inciden en el cuadro ya mencionado y en sus relaciones sociales de interacción. Inmediatamente, el autor inicia un recorrido que va de la pre-Modernidad a la Modernidad visitando algunos elementos estructurales que hacen al control del delito en ambos períodos. En tal sentido, Lea muestra cómo en la etapa pre-Moderna existía una ambigüedad mucho mayor en la definición de las conductas prohibidas, al tiempo que se convivía con ilegalidades populares que gozaban de amplia aceptación comunitaria. Evidentemente, la presencia de una organización política estatal era mucho más lejana y difusa y, retomando el análisis foucaultiano, Lea describirá el proceso de gobernancia (gubermentalidad en el lenguaje de Foucualt) que, entendido como "arte de gobernar", se define plenamente en el siglo XVIII cuando la economía política pase a formar parte de la ciencia de gobierno. En efecto, y en la reflexión propia del filósofo francés, la técnica de gobierno construye su propio estatuto epistemológico acerca del gobierno de la población, lo cual se diferencia claramente de períodos anteriores en los que el Príncipe de Maquiavelo se desenvolvía con categorías exclusivamente apegadas a las nociones de territorio y soberanía . Con el asentamiento de la Modernidad, se buscará la disminución de las ambigüedades conceptuales, se verificará un paulatino desarraigo social de las anteriores ilegalidades populares, al tiempo que se van transfiriendo al Estado, y a sus agencias, las relaciones de control del delito. El obrero va a ser entonces foco de atención especial en el proceso de criminalización verificándose una estigmatización y construcción de estereotipos de pobre y de marginado. Las nuevas amenazas para el orden social y la moral se van así delimitando, al tiempo que comienzan las primeras teorizaciones en torno a las nociones de debilidad y de patología. La misma institución de la Policía, prácticamente inexistente en la pre-Modernidad (salvo en sus objetivos de preservar la seguridad del Soberano), se va a erigir como aparato técnico de disciplinamiento social y garante del sistema capitalista de producción.

Ahora bien, el aludido proceso es acompañado de Las fronteras de la criminalización, concepto que da título al tercero de los Capítulos de la obra. En efecto, John Lea describe aquí las restricciones al despliegue de la criminalización que han sido impuestas por ciertos modos de gobernancia. Estas restricciones provienen de tres fuentes diversas: 1) de la necesidad de garantizar la autonomía del capital en los asuntos económicos; 2) de la preservación de la familia como institución de autoridad privada; 3) de la preservación e incluso de la intensificación de formas arcaicas de soberanía en la periferia geográfica y económica del desarrollo del capitalismo.

En cuanto al primer aspecto, Lea recuerda que la burguesía no nació de la nada sino que fue producto de la violencia. Así, el proceso de "acumulación primitiva del capital" se tradujo en las expropiaciones delictivas o en lo que el autor denomina como "gangsterismo capitalista". La propia ilegalidad financiera, moneda corriente en el siglo XIX, constituye así un ejemplo claro de cómo se fue construyendo un proceso de criminalización selectivo de las actividades del nuevo orden.

Por cuanto hace a la preservación de la familia como institución de autoridad privada, el autor señala que en el siglo XIX se intentó que el núcleo familiar se autorregulase en todo lo referente a la posible comisión de delitos intra-familiares. La jerarquía patriarcal logró la hegemonía en el manejo de los asuntos de familia e incluso la mujer agredida (por el marido) fue muchas veces señalada como persona que había violado los deberes de la "buena esposa". Esa violencia familiar, entonces, quedó relegada a un asunto de "puerta cerrada".

En lo referente al proceso de modernización y sus limitaciones vinculadas con la periferia geográfica, John Lea destaca que las áreas marginales que no gozaron de los beneficios del proceso aludido, también fueron señaladas como culpables. En efecto, examina el autor cómo fue posible que se construyera la idea de la "cultura de la pobreza" en los países periféricos o en áreas subdesarrolladas: si los beneficios del proceso modernizador eran tan evidentes y deseados, quienes no se integrasen al mismo sería porque así lo habían querido. En ese sentido, el proceso de modernización pudo construirse a costa de mantener a otras áreas en el subdesarrollo económico e industrial. El ejemplo del colonialismo será el empleado por el autor para la demostración de la tesis señalada.

En este Capítulo, Lea examina también el fenómeno de la Mafia entendido como la preservación de una organización delictiva que sirve de sustituto al control del delito. No sería, así, un modelo periférico al estilo antes señalado, sino un cierto modelo de atraso que resucita cuando el proceso de modernización se agota. Empleando un modelo de filantropía basado en el intercambio de asentimiento por terror, también la Mafia ejerce un control sobre la población que en realidad provoca una cierta neutralización del proceso de modernización provocando clientelismo y prestación de servicios personales.

El Capítulo cuarto, Las contradicciones de la modernización, comienza examinando el período que transcurre entre las dos guerras mundiales y su vinculación con el desarrollo de la modernización capitalista, el cual, en Europa, "pareció haberse agotado", como indica el autor. Si bien Lea menciona, muy brevemente, la explosión de los totalitarismos (nazi y fascista) en Europa, resulta aquí llamativa la ausencia de un examen más detallado de lo que, precisamente en este continente, significó el autoritarismo penal, primero, el Holocausto después y el estallido de la segunda guerra mundial, finalmente. Difícilmente puedan comprenderse muchos acontecimientos de la historia europea -que condujo al Holocausto- sin un examen más detallado del momento en que se produjo la "enajenación mental" del continente que edificó un auténtico "universo concentracionario" (Rousset 1946, Hobsbawn 2003).

El autor se centra en el examen de la teoría económica keynesiana la cual habría proporcionado, primero, una descripción del compromiso de clase gracias al cual se podía llegar a superar el conflicto capital-trabajo. En efecto, la pretendida distribución de los resultados de los aumentos de productividad entre salarios y beneficios, unido a la idea de que el Estado gastase en utilidad pública, fue visto como fuente de estabilidad económica al pensarse en la creación de una posterior demanda para los bienes y servicios generados por el sector privado. En las décadas de los años 1950 y 1960, el estado de bienestar apuntaba lo que se denominaría como "inclusión social", desplazando y removiendo las causas del conflicto social para minimizar los efectos de la desigualdad económica.

La versión británica del Welfare State, inspirada en Beveridge, remarcó el universalismo o derecho de todos los grupos sociales a los beneficios del asistencialismo. El consumo masivo parecía erigirse en la meta de la una población que debía aspirar a ingresos crecientes y a una mayor movilidad social. La producción masiva que estandarizaba el producto, representó toda una nueva estética conducente a la homogeneización de los estilos de vida hacia un "modo de vida propio de la clase media". En una situación semejante, la delincuencia sólo podía ser concebida como una desviación altamente disfuncional, como ruptura de la normalidad estable e integradora. Como indica textualmente John Lea, "el fortalecimiento del sentido del bien común, y la pertenencia común a la comunidad social que estaba implícita en los derechos de la ciudadanía social, reforzarían por su parte los fundamentos de una progresiva política penal que reclamaba la reinserción del delincuente en la colectividad social". Sin embargo, pese al pretendido y señalado consenso, gradualmente se fue haciendo evidente que la llamada "modernidad organizada", a partir de la década de 1960, había ingresado en un terreno pantanoso: el de las fuerzas de expansión que se habían agotado y el de las imprevistas tendencias contrarias que se estaban empezando a hacer sentir. El sistema de asistencialismo estatal empezaba a entrar en crisis y, con él, el pretendido contrato entre capital-trabajo sufriría no pocas perturbaciones. La "Nueva Derecha", en un análisis muy apegado a la tradición británica, emergía durante a la década de 1970 y, con ella, un nuevo tipo de análisis iría ocupando paulatinamente sitio: aquel que señala que el incremento de los problemas de la pobreza de las zonas superpobladas y el lento crecimiento económico eran aspectos de la propia intervención estatal diseñada para solucionarlos. La "crisis fiscal del Estado" (definida por O'Connor) se desplegaba inexorablemente y, con ella, la planificación social entraría también en crisis. Desde luego, como no podía ser de otro modo, todo ello acarrearía decisivas consecuencias para el terreno del control del delito. Tal y como señala el autor, en las últimas líneas del apartado comentado, "nuestra tarea de los siguientes capítulos será la de trazar la crisis acumulativa del control del delito".

En efecto, el quinto Capítulo, La sociedad que se desintegra, analiza lo que en la segunda mitad de los años de 1970 fue visto como el previsible ocaso de la propia Modernidad. El autor, siguiendo a Peter Wagner en esta sede, califica la crisis de la Modernidad como la segunda, pues la primera crisis fue la que dio lugar al estado de bienestar keynesiano. Actualmente, indica Lea "las estructuras de la Modernidad organizada se disipan a favor de la declinación de la economía de producción masiva del fordismo, al debilitamiento del Estado-nación bajo el impacto de la globalización, a la pluralización y fragmentación de las identidades y los valores sociales y a la caída de la 'privatización' cívica y a las restricciones a la conducta individual".

Como consecuencia de ello, se describe un escenario verdaderamente sombrío, caracterizado por un "continuo deprimido" que combina la intensificación de los síntomas tradicionales de las crisis con la tasa descendente de ganancias, la sobrecapacidad industrial masiva en relación con las oportunidades de beneficios, la destrucción de la infraestructura social y económica, la contaminación ambiental, la inseguridad en el trabajo y la inmensa cantidad de fondos de "capital ficticio" (¡y pensemos que todo ello está tratado en la obra con anterioridad a los escenarios punitivos y bélicos que dominan el mundo actual!). Para el hilo conductor de la obra, la trascendencia decisiva que todo ello tiene es que estamos asistiendo, desde hace unos años, a una forma novedosa de acumulación de capital que, a su vez, produce también nuevas consecuencias. En efecto, la acumulación de capital que tiende a escaparse en su hiperespacio de circulación pura, ya no sostiene más a la cohesión e integración sociales sino que, por el contrario, produce polarización y fragmentación con hondas implicaciones sociales, políticas y espaciales. Como ha señalado Castells, "El trabajo disuelve su entidad colectiva en una infinita variedad de instancias individuales (...) el capital se coordina globalmente, el trabajo se individualiza" (1996: 475-476).

Cabe rescatar del análisis del autor que, la "sociedad fragmentada" a la que alude, tampoco es ya, al menos exclusivamente, algo que afecte a la distribución planetaria de países ricos-países pobres. Sin negar, desde luego, el mantenimiento de una dualidad desigual como la señalada, actualmente es cada vez más evidente la existencia las "bolsas de pobreza" en el corazón mismo de los llamados centrales o ricos. La "nueva pobreza" a la que tantos científicos sociales aluden, como fenómeno emergente en Europa y muy particularmente en los Estados Unidos de Norteamérica (padecida por jóvenes, ancianos, desempleados, inmigrantes, etc., quienes sin estar en la miseria tradicional tampoco pueden subvenir a sus necesidades vitales), constituye en la actualidad un fenómeno no sólo evidente sino creciente .

Todo cuanto se está apuntando, señala Lea, en lo que se refiere a las nuevas estrategias de control de delito, conducen a una orientación de tipo actuarial. Con esta expresión, el autor aclara que "ya no es tanta la preocupación acerca de las características de los individuos, sino más bien acerca de aquellas de los grupos; y el objetivo de esa política no es cambiar demasiado esas características, sino neutralizar su efecto perturbador sobre el resto de la sociedad (...). El objetivo del manejo del riesgo radica en delinear las características de los grupos, desarrollar predictores de probabilidad de actividad disociadora e idear estrategias para su minimización". Es decir, se pretende la aplicación al ámbito del control del delito de una racionalidad que combina la lógica y la práctica del derecho de las compañías de seguros (de allí el término actuario - actuarial), lo que supone "la minimización de los riesgos", todo lo cual proviene del movimiento del Law and Economics, que enarbola la bandera del "eficientismo mercantil". El mercado va substituyendo a la política; la compañía privada ocupa progresivamente el lugar del Estado.

Ello nos conduce al sexto Capítulo, Las variedades de normalización, en el cual, tras haber analizado el "capitalismo en su fase de reproducción destructiva", se centra en el examen de ciertos rasgos de la post-Modernidad que en no pocos casos reflejan "regresos pre-Modernos" (back to the future). La 'sociedad de mercado' (es decir, la del capital irrestricto) representa su resultado más evidente. Por tal, se entiende aquélla donde la búsqueda de ganancias privadas se convierte cada vez más en el principio organizacional de todas las áreas de la vida social y en la cual todos los otros principios de organización social o institucional se erosionan o subordinan a la dominante organización de la ganancia privada. Este modelo social posee, entonces, un elevado carácter criminógeno que, sin perjuicio de cuanto se dirá más adelante, aflora por ahora en los términos siguientes: incrementando la desigualdad y la concentrada privación económica; erosionando la capacidad de las comunidades locales para brindar apoyo informal, contención social y una provisión mutua (así como una efectiva socialización de los jóvenes); apremiando y fragmentando a la familia; retirando el suministro público de servicios básicos (que pasarán a venderse en el mercado privado); magnificando una cultura de competencia darwiniana por la condición social y los recursos.

Tal y como refleja el autor, una nueva variable orienta el proceso: el miedo. En efecto, éste hace que se perciba que el delincuente, ahora, está en cualquier sitio: en la calle, en la casa, en la familia, o en los altos cargos. Tal y como Lea afirma, a través de una cita de Young, el "otro" está en todas partes y no se restringe a delincuentes y a extraños. Se verifica, así, lo que es denominado como una "fragmentación en la comunidad local de la certidumbre y la confianza". Pero, semejante fragmentación, trasciende el ámbito de lo local para -gracias a las nuevas tecnologías- reproducirse a escala global: Internet hace su aparición y provoca no pocos efectos. Un sitio web, que se presente como profesional, respetable y honesto, puede haber sido instalado por defraudadores que, ante todo, serán 'desconocidos'. Así, el autor concluye que "la sociedad de la red global destruye los signos del delito y la identidad del delincuente. La violencia también proviene bajo nuevas formas a través de la red".

Posteriormente, este importante Capítulo de la obra va a presentar la "nueva" situación de manera más sustancial. El examen empieza con una frase que sintetiza bien cuanto va a ser expresado: "hoy en día, no es sólo un gran negocio, es parte de un gran negocio". Siguiendo a Castells y otros autores, Lea va a ir examinando detenidamente el concepto de "producto delictivo bruto". Conviene citarle textualmente,

"Se estima que para mediados de la década de 1990, el producto delictivo bruto del delito organizado consiguió las 20 organizaciones más ricas del mundo y enriqueció a más de 150 Estados soberanos. Si consideramos actividades tales como el fraude computacional, el contrabando de especies animales, la esclavitud, y los fraudes de la Comunidad Europea, el producto delictivo bruto mundial ha sido estimado en el 20% del comercio mundial total. La economía delictiva es un complejo sistema de comercio en una gran variedad de productos (drogas, armas, material radioactivo, órganos humanos, servicios sexuales, animales exóticos, tesoros artísticos...) y manufacturas, especialmente drogas, conducidos tantos en sus niveles mundiales, como en los micro niveles de las barriadas populosas, los centros de esparcimiento y en grandes áreas de la economía legal".

Todo ello puede ser constatado en innumerables ejemplos y situaciones que, aún perteneciendo a mundos distintos (del centro y de la periferia), constituyen todos confirmaciones del estrechamiento de lazos entre globalización y delito organizado. El empleo de drogas duras, el turismo sexual, la venta ambulante aunque sea de productos de dudosa procedencia (de una economía informal que en ciertas partes sostiene a amplísimos sectores sociales), la compra de música en CDs piratas que vulneran tradicionales derechos de autor, la venta de productos elaborados en áreas deprimidas (muchas veces fabricados por niños explotados y mano de obra cuasi esclava), la pornografía y el tráfico de mujeres para la prostitución, etc., se han extendido grandemente en los últimos años. Y todos participamos, de algún modo, en el crecimiento del "negocio". La "ayuda" proporcionada por Internet y por la completa apertura de Europa oriental, África y Asia al "negocio", representan los otros elementos para que aquél prospere sin trabas. Lea concluye: "la imagen fordista de una cultura de consumo masivo abrumadoramente basada en actividades legítimas, se ha caído en pedazos".

Evidentemente, todo proceso guarda su funcionalidad con la estructura que le sostiene; así, el "sector ilegal" también actúa cada vez más como un importante amortiguador social contra la pobreza y el colapso económico. En tiempos de estrechamiento de las oportunidades económicas a través de amplias áreas del mundo, la participación en la economía ilegal constituye, por tanto, una de las pocas opciones realistas disponibles para muchas familias a quienes les va en ello, sencillamente, su propia subsistencia. El ejemplo de la producción de cocaína en países de América Latina o heroína en los de Asia, deviene aquí paradigmático. La producción de tales substancias se convierte en barrera para el empobrecimiento de los campesinos y de sus familias en las áreas citadas. Pero de tales áreas, el "negocio" transita hacia otras.

El lavado del dinero se ha convertido en una sólida estrategia empresarial, urbanística y bancaria. En efecto, el lavado de lo obtenido con las drogas ayuda a mantener el crecimiento de transacciones exteriores a la banca cuya clausura provocaría devastadores efectos en los ya de por sí escasos niveles de vida de las economías empobrecidas establecidas en tales sitios. Pero, en tanto ello sucede, los trabajos inseguros y con salarios miserables de las comunidades pobres, impiden escapar del círculo de la pobreza y de la ilegalidad, hacia empleos seguros y dignos. El retorno a la economía sumergida, informal o claramente ilegal, está asegurado. Una nueva "cadena de montaje" puede ser percibida:

"Los cultivadores de hojas de coca o de amapolas en Asia o en América Latina en un extremo de la cadena de producción, y los mercaderes callejeros en el otro extremo, ambos reciben unas migajas en comparación con los enormes réditos que obtienen los empresarios delictivos, y cada vez es menos probable que los beneficios de las ventas de drogas sean reinvertidos en las actividades locales, ya sean legales o ilegales; y en cambio lo hacen en los mercados financieros globales".

Estamos ya de lleno en el análisis del "capitalismo impaciente", eufemismo que designa plenamente a la delincuencia económica que ha encontrado hace algún tiempo unos mercados insospechados, con la expansión de la globalización. Y más ejemplos pueden seguir considerándose. Tratemos el último por ahora: el contrabando de (in)migrantes (o el ser humano como mercancía transfronteriza con la que se comercia).

Recientemente, el contrabando de (in)migrantes ha sido visto como una actividad similar al tráfico de drogas, en un doble aspecto: en primer lugar, en lo que hace a la rentabilidad que genera; en segundo lugar, en cuanto atañe a sus efectos devastadores. La movilidad global del capital y el emprobrecimiento de grandes áreas de África, Asia, América y Europa oriental, crean las presiones que generan la emigración. Pero es que a ello se suma la existencia de unas fronteras estatales y de unos controles migratorios que brindan las oportunidades a los grupos delictivos para que cambien sus técnicas y sus bien establecidas rutas de tráfico de drogas por las de contrabando de personas.

Lea menciona, aunque muy de paso, el rol desempeñado en este ámbito por los medios de comunicación. Si bien estos difunden a menudo las imágenes de los migrantes muertos en camiones frigoríficos o ahogados en las pateras de tantos mares, semejantes imágenes distraen al mismo tiempo la atención de los millares (o millones) de personas -también migrantes- que trabajan en empleos temporarios, recolecciones de frutas, vendimias, trabajos de servicio doméstico, etc., etc., todos debiendo aceptar, para que el Viejo Continente les admita, empleos inseguros, salarios miserables y despidos aún más baratos. Y concluye: "El resultado es que los intereses legítimos y los delictivos se han entremezclado tanto en ciertas partes del mundo que la frontera entre ellos se ha vuelto puramente teórica".

Los argumentos hasta ahora considerados pueden ser útiles para desmontar las burdas (pero muy peligrosas) construcciones político-mediáticas que identifican el binomio "inmigración-delincuencia" (que tanto cala en el imaginario y en la conciencia colectiva y legitima políticas restrictivas). Es decir, es cierto que la globalización guarda una estrechísima relación con el fenómeno de la migración (aunque ésta es anterior a aquélla). Pero el "problema delictivo" no está en esa migración. El problema radica en lo que semejante globalización permite, fomenta y reproduce: puede hablarse de una auténtica "geopolítica de los mercados criminales" que hoy comercializa con sustancias, con servicios, o directamente con seres humanos (hombres, mujeres, niños y órganos), a escala global. Retornan así las imágenes (pre-modernas) de los viejos mercados de compraventa de seres humanos; vuelven los contornos de los viejos mercaderes que compraban y vendían hombres, mujeres o niños (según las "funciones", "trabajos" o "placeres" que deban desempeñar y satisfacer). Retornan finalmente las imágenes de los viejos esclavos, bajo nuevas formas de sometimiento (los fenómenos del trafficking como así también del smuggling, las llamadas compraventas de seres humanos, las servidumbres por deudas contraídas y los consecuentes trabajos forzados). He allí, en los nuevos mercados ilegales, donde radica claramente la relación entre globalización y criminalidad .

Como ya se señaló antes, el Estado (con todas las nociones que históricamente le calificaron como tal), se ha debilitado. El mercado dicta sus reglas. Vastas regiones del planeta están degenerando en procesos que dejan a importantes zonas del globo fuera de la jurisdicción de algún Estado y proporcionan refugio seguro para poderosos, mercaderes, terroristas o jefes militares que imponen sus propias "jurisdicciones". Pero la antigua noción de "refugio" ha dado paso a una completamente novedosa: la de la "sociedad de las redes de comunicación". Lea lo expresa así:

"En el uso de los abovedados correos electrónicos, sitios Web anónimos y la enorme cantidad de transacciones instantáneas que constituyen el Internet, en general, y los mercados financieros en particular, lo legal y lo ilegal es cada vez menos distinguible y, donde lo hacen, son inalcanzables por las entidades nacionales de imposición de la ley. La delincuencia se normaliza a través de las redes de comunicación: habita en una nueva "zona gris" global, donde la distinción entre legal e ilegal se evapora en ausencia de Estado. Las condiciones del siglo XIX en Sicilia se reproducen bajo nueva forma en la sociedad de las redes globales".

Y ello, nos señala Lea, produce dos consecuencias para las tradicionales formas de organización política: nuevo clientelismo y aumento de la corrupción. En efecto, el debilitamiento del Estado nacional como coordinador general de las políticas sociales y económicas de cara a la globalización y a la desregulación económica, y la creciente presión y esfuerzos para la aprobación de proyectos por parte de los grupos con interés por la riqueza y la acumulación, son cada vez más capaces de influir -cuando no de "comprar"- ministros y miembros de la clase política, creando nuevas formas de clientelismo y corrupción que son funcionales a la expansión del negocio criminal. Lea dedica aquí dos páginas a citar multitud de ejemplos de lo dicho (políticos corruptos, tanto en países del centro como de la periferia; intereses empresariales, financieros y urbanísticos que logran imponer sus reglas y sus gestores políticos; importantes evasiones de capitales y quiebras fraudulentas de empresas multinacionales que logran escapar al control penal tradicional; tráficos de armas que engrosan la empresa bélica y armamentística; adulteraciones de alimentos y de medicamentos que se benefician del anonimato de la sociedad de las redes ya citada; la privatización y subcontratación que escapan a todo escrutinio democrático y el desarrollo de la llamada seguridad privada, representan sólo algunos pocos ejemplos de un Estado que, aún cuando pervive, muestra un debilitamiento considerable).

En esta perspectiva, el Estado ve trastocado uno de sus elementos fundantes: el control sobre el propio territorio. Señala al respecto Lea que la necesidad de defender el territorio, ya sea para la fabricación de mercancías ilegales o para la protección de las áreas del mercado, nos conduce a la cuestión del renacimiento del gobierno delictivo de los grupos que substituyen al Estado convirtiéndose en la fuente de gobernancia y soberanía en aquellas áreas donde el Estado ha sido puesto a raya por diversas estrategias de neutralización y corrupción o ha dejado vacantes ciertas áreas que no considera ya cruciales para la acumulación del capital.

En el último párrafo del Capítulo examinado, el autor indica que no obstante lo que se ha mencionado anteriormente, en los Estados democráticos, el Estado sigue siendo la organización central a la cual el grueso de la población se vuelca para remediar sus problemas sociales, incluyendo al delito. "Éste sigue siendo el asunto, a despecho de los cambios apuntados en este Capítulo. Por lo tanto, me volcaré a las medidas que los Estados y las comunidades desarrollan en un intento por rescatar el control del delito y contraatacar algunos de los hechos que señalé en este capítulo".

Con todo el background señalado, el séptimo y último Capítulo, La descomposición del control del delito, aborda la problemática del rol de la víctima y de la comunidad, retomando así algunos de los polos del cuadro del delito, señalado al principio. En tal sentido, el autor advierte del aumento de los roles de la víctima y de la comunidad, verificándose procesos de privatización y descentralización por comunidades locales. Es decir, acaban por absorberse ciertas estructuras informales de regulación como única forma posible de regulación. En síntesis: se fortalece cada vez más la idea de la responsabilidad individual, ejemplo del que se sirve a Lea para señalarlo como nuevo indicador de la crisis del Welfare.

Pero, citando trabajos de O'Malley y de Pitch, también aborda la relación entre víctimas y ofensores de un modo más complejo al que habitualmente se emplea. En efecto, respecto de la segunda autora citada, Lea recuerda sus trabajos acerca de los movimientos feministas, quienes pasaron a presentarse como víctimas. Toda su lucha, indica Lea interpretando a Pitch, no ha servido para disminuir la violencia de género sino que, por el contrario, la misma ha aumentado de forma notoria. La explicación que se encuentra a semejante y aparente paradoja es que la lucha del movimiento feminista (italiano) de los años de 1970-80 fue una lucha para que se reconozca el status de la mujer como víctima y para que la justicia penal asumiera esa condición de forma más seria. Esa lucha habría desmovilizado al movimiento al haberse producido una substitución de categorías tales como opresión por victimización. En definitiva, este ejemplo es ensayado para demostrar, una vez más, cómo se han ido haciendo "invisibles" ciertos actores colectivos, los cuales han asumido una individualidad que les relega al rol pasivo de víctimas.

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Para terminar, debemos tener en cuenta que Delito y Modernidad fue presentado por su autor en agosto de 2001, justo un mes antes de los trágicos sucesos del 11 de septiembre. Será muy oportuno esperar, tras éste, otro trabajo del autor en el cual afiance y desarrolle aún más las contribuciones hechas en el presente. Pero, cuidado, Lea apunta ya, con una claridad que hoy se revela incluso premonitoria, la involución punitiva que venimos padeciendo en los últimos años. Y, en un claro compromiso asumido por el autor, nos advierte de la necesidad de resistir a una globalización despiadada. Si alguna duda cabe al respecto, basta con acudir a la última página de Delito y Modernidad; allí se subraya que "el aspecto importante es el crecimiento de movimientos de resistencia global dentro de una 'sociedad civil global', donde exista una oposición efectiva al poder directo del capital privado. De una cosa podemos estar seguros; como lo declaró la revolucionaria socialista Rosa Luxemburg a la vuelta del siglo pasado, la elección que enfrenta la humanidad es simple: socialismo o barbarie".

La situación posterior a la que se enfrenta el mundo, después de aquellos sucesos, ha llegado a términos patéticos, en cualquier sentido con el que se quieran analizar sus consecuencias, pero aún más todavía cuando ese análisis se concentra en el uso del castigo como medio de coerción penal. Las trágicas repercusiones que han provocado la guerra y el discurso bélico desplegados por la potencia hegemónica, como medios para asentar su dominación y el control sobre los recursos energéticos, únicos e indispensables para mantener ritmos de producción, están resultando devastadoras en lo humano y repulsivas en lo punitivo. La tradición liberal-iluminista de los sistemas penales modernos ha quedado absolutamente renegada. El empleo de la tortura, de la cárcel inicua, de la privación de libertad sin proceso y de tantos otros males contra los cuales Beccaria, Bentham y los hermanos Verri se manifestaron de manera tan elocuente hace ya más de doscientos años, se han convertido en los rasgos de identidad de un poder punitivo global que parece no tener límites, ni fronteras tal como sucede con las modas, los productos de consumo y los comportamientos exportados mediante los fenómenos globalizadores. La expansión de estos fenómenos es tal que nadie puede prever ni el tiempo de sus constataciones, ni las consecuencias que provoquen. Muchos signos negativos de ellos se verifican en distintos órdenes y, sobre todo, en aquellos ámbitos de debilidad social y económica frente al poder global, globalizador y globalizante (si se permiten los neologismos). Se constata ello, incluso, en los márgenes de la Unión Europea, pero en particular en los continentes o áreas muy dependientes de las economías fuertes. Latinoamérica es un terreno muy fértil para que esos efectos negativos de la globalización generen daños irreparables. En lo punitivo y en el empleo de las formas más aberrantes que revela un uso despiadado del mismo, debe temerse una muestra irrefutable de cuanto se afirma.

Debemos entonces entender el libro de John Lea como un documento de la inteligencia de su autor y de la fortaleza de sus argumentaciones para que pueda ser leído, por un atento público, en el área hispano hablante, ámbito en el cual, por las razones antes apuntadas, podrá ser más apreciado en relación son las propias realidades. .

Con tales significaciones, la obra de John Lea que aquí presentamos fue, en buena manera, premonitoria en el momento de su publicación. Quizá alguien pueda entender como una audacia si a la misma le atribuimos un valor de augurio, de entidad semejante a la que tuvieron 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley.

Noviembre 2004

Referencias citadas.

Becucci, S. /Massari, M. (2003), Globalizzazione e Criminalità. Roma-Bari: Laterza e Figli.

Foucault, M. (1978), "La govermentalità". En, Dalla Vigna, P. (coord.): Poteri e strategie. L'assoggettamento dei corpi el'elemento sfuggente. Milano: Mimesis (1994).

Hobsbawn, E. (2003), Historia del siglo XX. 1914-1991. Barcelona: Crítica.

Rousset, D. (1946), El universo concentracionario. Barcelona: Anthropos (2004).

Young, J. (1992), "Ten Points of Realism". En, J. Young y R. Matthews (eds.) Rethinking Criminology. London: Sage Publications

Young, J. (2003), La sociedad excluyente. Barcelona: Marcial Pons (trad: R. Bergalli/R.Sagarduy, Presentación: R. Bergalli El nuevo paradigma criminológico de la exclusión social); orig. en inglés, The "Exclusive" Society, Social Exclusión, Crime and Difference in Late Modernity. London: Sage Publications 1999.